Buenos días mundo.
Tengo un millón de buenas razones para estar aquí escribiendo y la mejor de ellas es que adoro hacer esto. Es como cuando sales a correr y llegas a casa cubierto de sudor, sintiéndote el ser más asqueroso del mundo mundial y vas y te pegas la ducha de tu vida. Yo me pego muchas. Observas como se va todo, incluso lo que no puedes ver. Sientes que vuelves a nacer por momentos cuando estás desnudo y mojado delante del espejo y miras la toalla pensando si quedarte así un rato o ponértela.
A veces echo de menos ir desnuda por la casa, la mía, la suya o la de otros que luego nunca vuelvo a ver.
A veces creo que los sueño. Son como fantasmas. Algunos literalmente.
Un día escribiré alguno de mis sueños, pero de momento, me reservo por los menores de edad y los mayores de prejuicios.
Hoy me he levantado revoltosa. He dejado de ir a clase las dos primeras horas. Tenía cosas mejores que hacer que escuchar a un profesor redundante. No quiero que me explote la cabeza, que aún es lunes.
El finde ha estado bien. Ha habido de todo. He reído como una descosida con una gran amiga, disfrutado como una loca de las series que me tienen viciada, trabajado como siempre hago y le he olvidado un poco más.
Estoy volviendo a ser yo. Ya no me siento tan prefabricada. He vuelto a comer chocolate y a ver pelis ñoñas sin derramar una lágrima. Bueno, casi ninguna. Soy una llorona empedernida cuando se trata de cine y lo asumo.
Confieso que escuchar temprano a Pereza me pone bastante tontita. Supongo que me gustan las cosas explícitas. Llevo tres días de ver todo tan fácil. Tan claro. Tan simple.
El sábado la amiga con la que salí, una grande, me dijo después de empinar el codo de las cosas más graciosas y sinceras que he oído últimamente... "Nena, ¿Sabes qué te digo? Ellos me han jodido y me han mareado como han querido. De buena he sido tonta. Y sabes... Voy a empezar a ser mala. Pero mala de verdad. Y entonces veremos qué pasa."
Me hizo gracia porque yo sé que me estoy volviendo mala, y oyéndola sólo me salían sonrisas de complicidad.
Brindamos.
Se había acabado dar vueltas a la cabeza por imbéciles que no tienen ni idea de cómo hacernos felices, de cómo somos, de lo mucho que un día pensarán "la dejé escapar".
Ahora, está todo bajo control. Tengo la emoción bien sujeta. La distancia de seguridad medida. Las espinas a flor de piel. La picardía bien repartida y las ganas de comerme el mundo haciendo rugir mis tripas. Recuerdo que hacia el final de la noche, le dije: "Tía, vamos a por un tequila, que esto hay que celebrarlo" y entonces, volvimos a brindar por nosotras.
Carta dedicada a la complicidad de Rosa.