Hoy ha sido un día súper raro y quizá por mi culpa, al no haber sabido ver lo bueno que, a pesar de todo, ha tenido.
Los días pasan sin que nos demos cuenta y cuando llegas a la cama y te pones a pensar en todo lo que ha sucedido, es entonces cuando te das cuenta de que no sabes si has sonreído en todo el día. Sí. Sonreír. Algo tan simple. Aunque sólo haya sido una vez, hay que tener esa sonrisa presente justo antes de dormir, y después ya podéis decidir a quien vais a desnudar en sueños esa noche.
Sabéis... Es definitivo, me quedo. Madrid tendrá que esperar. No sé cuando, pero algún día viviré allí, tendré mi familia allí, viviré con el amor de mi vida allí, trabajaré en algo que ame y seré infinitamente feliz.
Y es que, mis queridos lectores, hoy he descubierto una verdad y quiero compartirla con vosotros, no como haría un sabio a sus aprendices, sino como una persona hoy algo infeliz que mañana estará mucho mejor, que comenta algo a algunos insomnes intentando que les sea de ayuda.
Pues bien, mi teoría es la siguiente: El destino, el destino es mentira.
Sí, se que os suena súper radical pero he llegado a esa conclusión y es que al fin y al cabo los trenes que cada uno toma o deja de tomar los coge y los deja cada uno, de forma personal, a título puramente individual. Y son las consecuencias de esas decisiones las que van abriendo o cerrando puertas en la vida. Por ello, el destino lo escribe cada uno y que no os intenten vender otro cuento.
Las casualidades pueden existir y de hecho mentiría si dijera que no existen, porque las conozco en mi propia piel pero... Al fin y al cabo el destino de esas casualidades que se dan contadas veces en la vida, a dónde llegan esas casualidades o hacia quiénes nos llevan, eso no lo dicta el destino, lo dicta cada uno, con la cabeza y el corazón. Sí, yo también creo que mejor usar más lo segundo, pero ahí ya no me meto... Al gusto del consumidor.
Otro elemento clave para escribir nuestro destino es tener valor. Sí. VALOR.Y lo escribo con mayúscula porque es bien sabido que no es una característica abundante en el género humano. Pocos son los que sienten correr este sentimiento por las venas, pocos los que aún muertos de miedo gritan para sofocar el pánico que su corazón sufre y se hacen a la batalla. Pocos aquellos que luchan y luchan hasta quedar exhaustos por lo que quieren. Y no hablo de guerras, hablo de felicidad. Cosas, personas, momentos, por los que merece la pena tener valor, luchar, agarrar con manos y dientes si hace falta aquello que nos hace felices y no soltarlo.
Queridos lectores, el insomnio este que me consume, sabéis que desde siempre, es fruto de esa lucha de la que hablo. Mi cabeza se bate en un duelo constante entre lo que siento, lo que poseo inmaterialmente en mi vida, lo que quiero que haya en mi vida, lo que busco y lo que debería y no debería tener, querer, o sentir... Todo eso no me deja dormir. Pero soy una persona que está cada día más cerca de encontrar sus respuestas. Querer sé lo que quiero, necesitar, no lo necesito. Estoy segura de que por eso no llega, no llegará. Y a vosotros, ¿De dónde os nace el insomnio?
Carta dedicada a P.
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